Por: Dr. Abdel Aziz Tarekji
Periodista de investigación e investigador en violaciones internacionales de derechos humanos
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Introducción
Desde que la humanidad inició su camino hacia la construcción de civilizaciones y Estados modernos, el pensamiento libre ha sido el motor fundamental del progreso, y la libertad de opinión y expresión ha constituido el medio que ha permitido al ser humano debatir ideas, desarrollar las ciencias, corregir errores y enfrentar la injusticia y el autoritarismo.
No es posible concebir una sociedad democrática, un Estado de derecho o un verdadero sistema de derechos humanos sin garantizar el derecho de las personas a pensar libremente y expresar sus opiniones sin miedo, intimidación o campañas de difamación.
Las sociedades que temen las ideas diferentes son sociedades que temen la evolución. En cambio, aquellas que respetan el pluralismo intelectual poseen la capacidad de avanzar, innovar y corregir permanentemente su rumbo.
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El concepto de libertad de pensamiento
La libertad de pensamiento es el derecho natural e inherente de toda persona a pensar, convencerse y elegir libremente sus convicciones intelectuales, filosóficas, políticas y religiosas, sin coerción, presión ni tutela de ninguna autoridad o entidad.
La libertad de pensamiento es uno de los derechos más estrechamente vinculados a la dignidad humana, ya que concierne a la mente, la conciencia y la convicción personal. Es un ámbito en el que ninguna autoridad, grupo o individuo tiene derecho a imponer restricciones ni a monopolizar la verdad.
Las ideas no pueden ser sometidas por la fuerza ni combatidas mediante la prohibición; deben ser debatidas mediante argumentos, razonamiento y conocimiento.
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El concepto de libertad de opinión
La libertad de opinión es el derecho de toda persona a formar sus propios puntos de vista sobre cuestiones políticas, sociales, culturales, religiosas y económicas, así como a adoptar las posiciones que considere adecuadas sin temor al castigo, la represalia o la exclusión.
La libertad de opinión no implica necesariamente que una opinión sea correcta o aceptada por todos. Significa, más bien, que quien la sostiene tiene el derecho de expresarla, siempre que no incite a la violencia, al odio o a la vulneración de los derechos de otras personas.
La existencia de opiniones diversas no constituye una amenaza para la sociedad; por el contrario, es una prueba de su vitalidad y de su capacidad para el debate y el pensamiento crítico.
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El concepto de libertad de palabra y de expresión
La libertad de expresión constituye la manifestación práctica del pensamiento y de la opinión. Es el derecho de toda persona a transmitir sus ideas y convicciones a los demás mediante la escritura, la oratoria, los medios de comunicación, las redes sociales o cualquier otro medio legítimo de expresión.
La historia ha demostrado que la palabra libre ha sido siempre una de las herramientas más importantes para la reforma y el cambio. Muchos de los derechos y libertades que hoy disfrutan los pueblos comenzaron siendo una idea, luego una palabra, después un movimiento reformista y finalmente una norma jurídica.
Por ello, atacar a quienes expresan opiniones o intentar desacreditarlos debido a sus ideas constituye una agresión contra uno de los pilares fundamentales sobre los que descansan las sociedades libres.
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La libertad de pensamiento y opinión en la Declaración Universal de Derechos Humanos
La comunidad internacional comprendió, tras la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de proteger la libertad de pensamiento, opinión y expresión como derechos fundamentales de la persona humana.
El artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 establece que toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.
Asimismo, el artículo 19 de la misma Declaración dispone que toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión, incluyendo el derecho a no ser molestada a causa de sus opiniones y a buscar, recibir y difundir informaciones e ideas por cualquier medio y sin consideración de fronteras.
Este artículo constituye uno de los pilares fundamentales del sistema internacional de derechos humanos, ya que protege el derecho de toda persona a pensar y expresar sus opiniones sin temor a persecuciones o sanciones por sus ideas.
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La libertad de opinión y expresión en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos
El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos fortaleció aún más la protección jurídica internacional de la libertad de opinión y expresión.
Su artículo 19 reafirma que toda persona tiene derecho a mantener sus opiniones sin interferencias y reconoce el derecho a la libertad de expresión, incluido el derecho a buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole.
Este tratado constituye uno de los instrumentos jurídicos internacionales más importantes, ya que obliga a los Estados Partes a respetar estos derechos y a no imponer restricciones más allá de aquellas estrictamente permitidas por el derecho internacional.
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La ética humana y el respeto por la diferencia
La ética humana no se mide por el grado de coincidencia entre las personas, sino por su capacidad de respetarse mutuamente a pesar de sus diferencias.
Una persona ética no es aquella que coincide con todos, sino aquella que respeta el derecho de los demás a discrepar.
Por ello, la burla, la difamación, la incitación y los ataques personales motivados por opiniones o posiciones intelectuales no constituyen un ejercicio legítimo de la libertad de expresión, sino una desviación ética de los principios del diálogo civilizado.
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La ética social y la aceptación de la diversidad
Las sociedades avanzadas no se construyen sobre la uniformidad absoluta de sus miembros, sino sobre su capacidad para gestionar las diferencias de manera civilizada.
La verdadera ética social se fundamenta en el respeto por la diversidad intelectual, política y cultural, así como en el reconocimiento de que la sociedad pertenece a todos y de que la discrepancia no debe transformarse en enemistad, odio o exclusión.
Los intentos de silenciar voces diferentes, desacreditarlas o demonizarlas representan una amenaza directa para el tejido social y la convivencia pacífica.
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La ética política y el derecho a la crítica y a la oposición
No puede hablarse de democracia sin reconocer el derecho a la crítica, a la oposición y a la discrepancia.
La ética política exige que las ideas sean confrontadas con ideas y los argumentos con argumentos, y no mediante campañas de difamación, intimidación o discursos de odio.
Todo ciudadano, periodista, investigador o activista tiene el derecho de cuestionar políticas públicas, autoridades, grupos o fenómenos sociales, siempre que lo haga dentro del marco de la ley y respetando los derechos de los demás.
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Cuando la discrepancia se transforma en campañas de difamación
Resulta lamentable que algunas personas consideren que cualquiera que discrepe con ellas es un enemigo que debe ser desacreditado o destruido moralmente.
En lugar de responder a una idea con argumentos, recurren al ataque personal contra quien la expresa. En lugar de debatir una opinión, intentan manchar la reputación de su autor o minimizar su valor.
Tal comportamiento no demuestra fortaleza argumentativa, sino incapacidad para sostener un verdadero debate intelectual.
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Nosotros y nuestro derecho a discrepar
Algunos pueden considerar que estamos equivocados y otros pueden no compartir nuestras ideas o posiciones. Ese es un derecho que respetamos plenamente.
Sin embargo, también es nuestro derecho pensar, expresarnos, escribir, criticar y discrepar.
Nadie tiene derecho a confiscar nuestras conciencias, nuestras mentes o nuestras palabras, ni a imponernos qué debemos pensar o en qué debemos creer.
No afirmamos poseer la verdad absoluta, pero defendemos nuestro legítimo derecho a buscarla y a sostener aquello que consideramos justo, correcto y equitativo.
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Conclusión
La libertad de pensamiento, opinión y expresión no son privilegios concedidos por autoridades o grupos; son derechos inherentes consagrados por la Carta Internacional de Derechos Humanos y reafirmados por los tratados internacionales y las legislaciones modernas.
Algunos podrán discrepar con nosotros, e incluso intentar desacreditarnos, menospreciarnos o atacar nuestras ideas. Sin embargo, seguiremos aferrados a nuestro derecho al pensamiento libre, a la palabra libre y a la opinión libre.
Puede que algunos nos consideren equivocados o nos atribuyan los calificativos que deseen, pero sabemos, en lo más profundo de nuestra conciencia, que seguimos el camino que nos dictan nuestros principios, nuestra razón y nuestra convicción moral.
Por ello, no retrocederemos en la defensa de aquello en lo que creemos ni renunciaremos a nuestro derecho a una expresión pacífica y responsable. La palabra sincera seguirá siendo más fuerte que las campañas de difamación; las ideas no son derrotadas por el ruido, sino por la argumentación y el conocimiento. Y el derecho a pensar y expresarse continuará siendo uno de los mayores logros de la humanidad, por más que ello disguste a quienes rechazan la libertad.

