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Los tambores de guerra resuenan en Medio Oriente: entre el despliegue de las flotas estadounidenses, los cálculos de Israel y los límites de la explosión regional

Los tambores de guerra resuenan en Medio Oriente: entre el despliegue de las flotas estadounidenses, los cálculos de Israel y los límites de la explosión regional

Por: Dr. Abdelaziz Tarekji

Periodista de investigación y investigador en violaciones internacionales de derechos humanos

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Un escenario regional al borde de la ignición

En un momento regional de extrema sensibilidad, Medio Oriente vuelve al centro de la tormenta geopolítica con una escalada sin precedentes en la presencia militar estadounidense y la intensificación del discurso israelí sobre la confrontación con Irán y sus brazos en la región, encabezados por Hezbolá en el Líbano.

El escenario no refleja un simple despliegue pasajero de fuerza, sino que indica una etapa de reposicionamiento estratégico que podría redibujar los mapas de la disuasión, las alianzas y los alineamientos en una de las regiones más frágiles y complejas del mundo.
Cuando se multiplican los portaaviones, se despliegan bombarderos de largo alcance y se activan bases militares en el Golfo y en el Mediterráneo oriental, la pregunta ya no es solo qué está ocurriendo, sino hacia dónde se dirige esta trayectoria de escalada.

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Militarmente: acumulación de fuerza entre disuasión y preparación para la confrontación

La escalada militar estadounidense en la región, desde portaaviones hasta buques de combate, sistemas defensivos, bombarderos estratégicos y aviones de reabastecimiento en vuelo, refleja un alto nivel de preparación operativa.

Esta concentración puede interpretarse dentro de la doctrina de disuasión preventiva adoptada por Washington para enviar un mensaje claro de que cualquier ampliación del conflicto será enfrentada con fuerza abrumadora.

Sin embargo, la acumulación masiva de poder militar en un teatro geográfico limitado también eleva el nivel de riesgo, ya que cualquier error de cálculo o incidente accidental puede convertirse en una confrontación difícil de contener.

La historia militar moderna demuestra que las grandes guerras a menudo comienzan a partir de un momento de tensión mal calculado, no de una decisión formalmente declarada de guerra.

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Políticamente: cálculos internos y construcción del discurso de escalada

La actual escalada no puede separarse de los cálculos políticos internos en Washington, Tel Aviv y Teherán.

En Estados Unidos, la decisión militar está sujeta a delicados equilibrios entre la disuasión y evitar verse arrastrado a una guerra prolongada que agote recursos y afecte el frente interno.

En Israel, el discurso de resolución militar se utiliza en ocasiones para reforzar la imagen de disuasión y restaurar la confianza interna en la institución de seguridad, especialmente a la luz de los desafíos enfrentados en rondas anteriores de tensión.

Irán, por su parte, continúa gestionando su conflicto regional a través de una red de influencia extendida, aprovechando el principio de la “negación plausible” para evitar una confrontación directa y total, mientras mantiene múltiples herramientas de presión en diversos frentes.

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Legalmente: límites del uso de la fuerza y problemáticas de la defensa preventiva

Cualquier confrontación militar amplia contra Irán o el Líbano plantea profundas problemáticas jurídicas a la luz de la Carta de las Naciones Unidas y los principios del derecho internacional humanitario.

El principio de prohibición del uso de la fuerza constituye la regla fundamental sobre la cual se basa el sistema internacional contemporáneo, y solo se exceptúan los casos de legítima defensa conforme a condiciones estrictas.

La ampliación del concepto de “amenaza inminente” para justificar ataques preventivos extensivos podría debilitar el marco jurídico internacional y abrir la puerta a precedentes peligrosos.

Asimismo, cualquier ataque contra zonas civiles o infraestructuras vitales estará sujeto a una evaluación rigurosa en términos de proporcionalidad y distinción, lo que podría exponer a las partes involucradas a responsabilidades jurídicas internacionales.

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Responsabilidad de la escalada: las intervenciones de Irán y la expansión de sus brazos frente a las políticas militares de Israel

No es posible leer el escenario actual al margen del papel que Irán desempeñó durante las últimas dos décadas en la ampliación de su influencia regional mediante el apoyo, armamento y financiamiento de grupos armados fuera del marco del Estado en varios países árabes, desde Yemen hasta Siria, pasando por Irak y el Líbano.

Esta expansión no fue una influencia política tradicional, sino que estuvo vinculada a la creación de redes militares paralelas al Estado, a la reconfiguración de los equilibrios internos de poder mediante las armas y a la implicación en conflictos armados que dejaron graves violaciones de derechos humanos, profundizaron divisiones y debilitaron las instituciones del Estado nacional.

El apoyo a movimientos armados fuera de los marcos legales nacionales y su instrumentalización en conflictos regionales contribuyeron directamente a elevar el nivel de tensión regional y a crear un entorno susceptible de explosión en cualquier momento.

En contrapartida, las políticas militares israelíes basadas en ataques preventivos, asesinatos transfronterizos y el objetivo de infraestructuras dentro de Estados soberanos, junto con la continuación de la ocupación de territorios palestinos y la expansión de los asentamientos, han constituido igualmente un factor permanente de intensificación del conflicto y de erosión de las posibilidades de estabilidad.

El enfoque puramente securitario, que adopta la fuerza militar como primera y última herramienta, ha contribuido a consolidar la lógica de la confrontación abierta y ha debilitado la confianza en cualquier proceso político de largo plazo.

La continuidad de operaciones militares fuera del marco de un acuerdo integral y justo no hace sino perpetuar el círculo de violencia, incluso cuando se justifican bajo el título de disuasión o seguridad nacional.

El resultado es que lo que presenciamos hoy no es producto de un momento pasajero, sino el resultado de una larga acumulación de políticas expansivas, intervenciones militares y guerras por delegación que han convertido a la región en rehén de una ecuación de arma contra arma y disuasión contra disuasión, sin abordar las raíces políticas del conflicto. Sin reconocer la responsabilidad de estas políticas mutuas en haber llevado a la región al borde de la explosión, cualquier discurso sobre estabilidad queda incompleto.

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Aliados internacionales: patrocinadores de la polarización y cobertura de la impunidad

No es posible separar la expansión de la influencia iraní y de sus brazos en la región de una red de apoyo internacional que durante mucho tiempo se presentó como “aliada” frente a la hegemonía occidental, pero que en la práctica contribuyó a consolidar la polarización y alimentar los conflictos mediante la protección política en foros internacionales, el suministro de canales económicos y tecnológicos y la perpetuación de la ecuación de la impunidad.

El papel de Moscú y Pekín, junto con otros actores, no siempre fue directo sobre el terreno, pero fue influyente en la configuración de un entorno que permitió la continuidad de regímenes represivos y grupos armados fuera del Estado, mediante el bloqueo de resoluciones, la reducción de presiones internacionales o la provisión de alternativas comerciales y financieras.

Este enfoque se manifestó de manera particular en los expedientes más sangrientos de la región, donde los intereses geopolíticos se entrelazaron con el discurso de la “soberanía” para convertir la soberanía en una justificación que impide proteger a los pueblos de las violaciones, retrasa la justicia y prolonga los conflictos.

Y si la caída del anterior régimen sirio representó un momento revelador, también puso de manifiesto los límites de ese patrocinio cuando colisiona con la voluntad de los pueblos y con el colapso de las estructuras internas, aunque no necesariamente puso fin a las redes de apoyo ni a sus herramientas, sino que las empujó a un reposicionamiento más cauteloso y de menor costo.

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En perspectiva: ¿intervendrán Rusia y China militarmente o se limitarán a gestionar la crisis desde atrás?

En un escenario de confrontación amplia entre Estados Unidos e Israel contra Irán o sus áreas de influencia, las probabilidades de una intervención militar directa rusa o china parecen bajas, no solo porque el costo de un enfrentamiento con Estados Unidos sería elevado e incierto, sino porque las prioridades de Moscú y Pekín no indican disposición a entrar en una guerra abierta en Medio Oriente.

Rusia, sumergida en la guerra de Ucrania y en el desgaste militar, económico y político que ello implica, tiende a evitar la apertura de un nuevo frente caliente que pudiera imponerle compromisos para los cuales no dispone de excedente de poder. Por ello, es probable que su papel se limite a herramientas menos costosas y más coherentes con su comportamiento actual, como el apoyo de inteligencia o técnico, el fortalecimiento de la cooperación defensiva, o la utilización del Consejo de Seguridad y de foros internacionales para obstaculizar la legitimación política de sus adversarios o aliviar la presión sobre sus aliados, manteniendo al mismo tiempo canales de negociación discretos que preserven sus intereses energéticos y de influencia.

En cuanto a China, incluso si posee una ambición política creciente, su estructura estratégica continúa regida por la prioridad de la economía, el comercio y la estabilidad de las rutas de suministro y de energía. Desde esta perspectiva, es poco probable que Pekín se involucre en una aventura militar directa que pudiera poner en riesgo sus inversiones, mercados e iniciativas transcontinentales, o situarla en una confrontación dura con Washington en un escenario donde no dispone de suficientes herramientas militares sobre el terreno. Lo más probable es que China utilice su influencia diplomática y económica para evitar la explosión o contenerla, impulsando esfuerzos de mediación o desescalada, trabajando para proteger el flujo energético y recurriendo eventualmente a mecanismos económicos alternativos para mitigar el impacto de sanciones o salvaguardar sus intereses comerciales, sin sobrepasar el umbral de la “no guerra” que prefiere.

En consecuencia, la imagen de un “bloque internacional” que acudiría militarmente al rescate de Irán en una guerra total parece más cercana a un discurso propagandístico que a una realidad estratégica. El apoyo puede existir, pero probablemente será indirecto, calculado y condicionado a evitar la implicación directa, ya que Rusia y China podrían ver en la crisis una oportunidad para erosionar políticamente la influencia estadounidense, no para entrar en una confrontación militar directa que no responda a sus prioridades actuales.

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El papel del Golfo: diplomacia de desescalada e intento de contener la explosión

Frente al escenario de aguda polarización militar, emerge un papel creciente del Golfo liderado por el Reino de Arabia Saudita en una dirección distinta, basada en consolidar la desescalada y prevenir el deslizamiento de la región hacia una guerra total.

Riad ha trabajado en los últimos años en un reposicionamiento estratégico orientado a reducir tensiones regionales, abrir canales de diálogo y restaurar la lógica del Estado frente a la lógica de las milicias.
Este enfoque no fue táctico ni circunstancial, sino parte de una visión más amplia destinada a proteger la estabilidad regional, asegurar trayectorias de desarrollo y evitar que fuerzas regionales descontroladas arrastren a la región hacia conflictos abiertos.

Las iniciativas diplomáticas saudíes, ya sea a través de contactos directos o de asociaciones regionales e internacionales, reflejan una comprensión profunda de que cualquier confrontación amplia entre Irán e Israel o entre Estados Unidos y los brazos de Teherán no permanecerá dentro de límites geográficos estrechos, sino que extenderá sus efectos a toda la región, incluyendo la seguridad energética, las rutas marítimas y la estabilidad económica. De ahí el énfasis en la contención de crisis y en privilegiar el diálogo, manteniendo al mismo tiempo una postura firme frente a cualquier amenaza que afecte la seguridad o la soberanía de los Estados árabes.

La visión del Golfo, encabezada por Arabia Saudita, parte de una ecuación clara: el desarrollo y la estabilidad no pueden prosperar en un entorno de conflictos permanentes, y cualquier proyecto regional basado en la exportación de crisis o en la militarización de actores no estatales seguirá siendo un factor que amenaza la seguridad colectiva. Por ello, el papel de la desescalada no implica neutralidad frente a las violaciones, sino la búsqueda de evitar una guerra total preservando los principios de soberanía y rechazando las injerencias externas, cualquiera sea su origen.

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Entre la lógica de la fuerza y la lógica del Estado

Medio Oriente se encuentra hoy en una encrucijada decisiva, no solo entre una guerra posible y una paz frágil, sino entre dos modelos contradictorios de gestión de la región: la lógica de la fuerza desnuda y la lógica del Estado consolidado. Durante años se han acumulado intervenciones externas, políticas de ejes, guerras por delegación, ocupaciones territoriales, asesinatos transfronterizos y apoyo a grupos armados fuera del marco del Estado nacional, hasta convertir la región en un espacio abierto para el ajuste de cuentas regionales e internacionales. Esta acumulación no fue un episodio aislado, sino un proceso ascendente que produjo un entorno extremadamente frágil, susceptible de encenderse ante el primer contacto directo entre fuerzas enfrentadas.

Sin embargo, una explosión amplia, aunque algunos la perciban como una oportunidad para redibujar equilibrios, no será una victoria limpia para nadie, sino una catástrofe prolongada, ante todo para los pueblos que han pagado y continúan pagando el precio de los conflictos con sangre, desplazamiento y colapso económico. Las guerras modernas no se limitan a los frentes, sino que se extienden a ciudades, infraestructuras y economías, dejando efectos duraderos sobre la estabilidad social y política y abriendo la puerta a nuevas olas de extremismo y caos.

Asignar responsabilidades con claridad —ya sea por las intervenciones de Irán y sus brazos en los países árabes, por las políticas militares de Israel, su ocupación y sus operaciones transfronterizas, o por el papel de las potencias internacionales que brindaron coberturas políticas a los conflictos— no significa justificar una guerra total, así como rechazar el caos armado no implica defender ningún proyecto expansionista bajo cualquier consigna. La claridad en la identificación de las fuentes del desequilibrio es condición necesaria para cualquier tratamiento serio, pero no sustituye la urgencia de encontrar una salida que evite el deslizamiento hacia una confrontación abierta difícil de controlar.

La apuesta real hoy no reside en quién posee el arsenal más grande o la capacidad de disuasión más fuerte, sino en quién puede restaurar el valor de la idea del Estado nacional como el único marco legítimo para el monopolio de las armas y la toma de decisiones soberanas.

Solo la lógica del Estado, no la lógica de la milicia ni la del ocupante, puede fundar una estabilidad sostenible. Solo el respeto de la soberanía en su sentido jurídico auténtico —no su uso como cobertura para violaciones o expansiones— puede reequilibrar las relaciones regionales. Solo el recurso a normas internacionales justas aplicadas a todos sin excepción, sin dobles estándares ni selectividad política, puede abrir una ventana de esperanza en el muro de la escalada.

En un momento en que resuenan los tambores de guerra, aferrarse a la lógica del Estado no es únicamente un discurso moral, sino una opción estratégica para proteger lo que queda de los equilibrios regionales y evitar que la región caiga en un caos total que podría redibujar sus mapas al ritmo de un fuego abierto que nadie puede garantizar extinguir.

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